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2 de noviembre de 2016

La misión, un camino para ser todos santos

La solemnidad de Todos los Santos es la llamada de Dios a salir de la vida cristiana mediocre para decidirse a vivir la santidad del bautismo




Un año más la solemnidad de Todos los Santos nos pone ante la situación paradójica de nuestra existencia en este mundo. En todos existe la aspiración a la felicidad -lo más plena y duradera posible-, pero también la amarga constatación que ésta no se encuentra sino a través de dificultades y tropiezos. Si no fuera por el testimonio de quienes han seguido este camino y han logrado alcanzar esta felicidad plena, parecería inútil tan siquiera el intentarlo. Pero no, los santos han ido por delante y han llegado a la meta. Ellos, con su testimonio, con su vida y con su muerte, nos hacen ver que vale la pena seguir el camino que nos señala Jesús. Porque es el camino del Resucitado, para que también nosotros participemos de la vida nueva en la resurrección.

La palabra del Señor resucitado y vivo indica también a nosotros, hoy, el camino para alcanzar la verdadera felicidad, el camino que conduce al Cielo. Es un camino difícil de comprender por qué va contra corriente, pero el Señor nos dice que quien va por este camino es feliz, tarde o temprano alcanza la felicidad. (Papa Francisco, Homilía 1 de noviembre de 2015)

Este camino de Jesús no es fácil de entender; dice el Papa que “va contracorriente”. Antes que nada de nuestra capacidad de comprender y también de lo que nos sale espontáneamente; no es tampoco lo habitual según el modo ordinario de pensar de nuestro mundo. Por eso Dios con su infinita misericordia nos pone delante el ejemplo de personas que son como nosotros y además han recibido la gracia de seguir a Jesús muy de cerca y de imitarle, por ellos mismos pero también por nosotros.

No es nada fácil encontrar felicidad en vivir la pobreza, en la mansedumbre, en el llanto, en el deseo ardiente de justicia, en el ser misericordioso, en mantener limpio el corazón, en el compromiso por la paz y no digamos en la persecución. La alegría y el regocijo que dice Jesús consisten en que “vuestra recompensa será grande en el cielo” (Mt 5,12). Ante la tentación del desánimo, hay que recordar a aquellos hermanos nuestros que han pasado por “la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Son los santos que ya desde el cielo, junto a Dios, nos animan a seguir este camino e interceden por nosotros.

La gran Patrona de las Misiones, Santa Teresita del Niño Jesús, decía: “Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”. Contando con esa ayuda no cabe dar paso al desaliento. Las bienaventuranzas son el camino que ha recorrido Jesús; incluso, más aún, es Jesús mismo, hecho camino para nosotros: caminando con Él entramos en la vida y en la felicidad eternas. Con el auxilio de los santos, podemos obtener del Señor la gracia de ser pobres y mansos, la gracia de saber llorar, la gracia de la limpieza de corazón, la gracia de trabajar por la justicia y la paz, la gracia del valor frente a la persecución y sobre todo la gracia de experimentar la misericordia de Dios para convertirnos en instrumentos de su misericordia. Así llegamos a ser santos, también nosotros.

Los santos también nos recuerdan que ya desde ahora que, si seguimos en camino de las bienaventuranzas -el camino de Jesús, el camino que es Jesús-, nuestra vida se hace camino para los demás. Los santos ya en vida fueron ejemplo y estímulo para muchos. Son los verdaderos y mejores misioneros, porque la misión de la Iglesia es la santidad. La solemnidad de Todos los Santos es la llamada de Dios a salir de la vida cristiana mediocre para decidirse a vivir la santidad del bautismo. Todos los santos nos dan ejemplo de cómo vivir el don de la santidad que recibimos todos por el bautismo. Las bienaventuranzas nos muestran el camino concreto para aspirar a la santidad en lo más ordinario y cotidiano, para nuestra felicidad y la de los demás.
Tomemos el ejemplo de los misioneros y las misioneras en el mundo entero: ellos se hacen camino para muchos. Ellos viven su vida cristiana y consagración a la misión dedicándose totalmente a los demás: socorren las múltiples pobrezas humanas; testimonian la mansedumbre de Jesús; consuelan a los que lloran; tienen un  ardiente deseo para que haya justicia y paz; son misericordiosos con todos; se esfuerzan en tener limpio el corazón; acompañan a los que sufren la persecución. Los misioneros y misioneras aspiran ellos mismos a ser santos y la manera en que lo hacen es ayudando a vivir las bienaventuranzas. Siguiendo a Jesús su corazón se ensancha; no sólo quieren la felicidad, aspiran a hacer felices a muchos. Porque las bienaventuranzas es el camino de Jesús para todos los inconformistas que aspiran a lo más grande, a la vida más plena, la felicidad sin límite, a tener a Dios en su corazón.

Juan Martínez

Obras Misionales Pontificias

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