• "Cambia el Mundo"


    Descarga todos los materiales para celebrar el Domund 2018
  • "El gran cambio es desde dentro"


    Presentación Domund 2018 - Anastasio Gil, Director de OMP España
  • "Junto a los jóvenes llevemos el Evangelio a todos"


    Mensaje del Papa para la Jornada Mundial de las Misiones - Domund 2018
  • "Los jóvenes, llamados a la Misión"


    Reflexión Pastoral Domund 2018 - Anastasio Gil, Director OMP España
  • ¿Qué es el Domund?


    La jornada en que la Iglesia reza por los misioneros y colabora con ellos
  • ¿A quién ayuda el Domund?


    Los donativos hacen posible la labor evangelizadora de la Iglesia en los territorios de misión
  • ¡Colabora con el DOMUND!


    Tu ayuda a las misiones es vital, haz un donativo al Domund

15 de octubre de 2018

Pregón del Domund 2018 – Cristina López Schlichting

Pregón del Domund 2018 – Cristina López Schlichting

“El Domund cambia el mundo, yo lo he visto”Cristina López Schlichting – Pregón Domund 2018

Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo Auxiliar de Valladolid, D. Luis Javier Argüello García; Sr. Subdirector Nacional de las Obras Misionales Pontificias, D. José María Calderón Castro; autoridades; misioneros presentes; señoras y señores:

In memoriam

Me gustaría que este Domund 2018 se inaugurase en nombre de Anastasio Gil. La joya de la corona de las Obras Misionales Pontificias son los 12.000 misioneros españoles repartidos por el mundo, pero no menor importancia tienen sus amigos y benefactores. Anastasio ha dado todas sus energías por los misioneros. El Director Nacional de las OMP, que acaba de morir, tuvo mil funciones organizativas, pero hizo dos cosas excepcionalmente. La primera, venerar con un respeto absoluto cada céntimo que entraba para las misiones, ahorrando hasta la extenuación. Y, segunda, darnos sin tregua la lata a los periodistas para hacer visibles a los misioneros en los medios.

En estos días en que recordábamos su figura, he contado que cada año sonaba el teléfono o entraba un whatsapp de Anastasio: “—Cristina… —Dime, Anastasio. —El artículo…”; y yo me ponía a ello, porque no admitía discusión. Unas veces rememoraba mi educación con las hermanas mercedarias de la Caridad y nuestras aventuras de niñas que salían a postular por las calles de la ciudad (no se pueden imaginar lo emocionante que puede ser para una cría asumir semejante responsabilidad; cómo te “faja” la respuesta imprevisible de los transeúntes, cómo te ayuda a tomar conciencia de que no estás sola en el globo, que hay otros que necesitan tu ayuda). Otras veces rememoraba misioneros concretos, que he conocido a lo largo de mi vida. O me preguntaba sobre las razones profundas que llevan a una persona cómodamente criada en Occidente a dejar casa y familia y marcharse para siempre a los confines del mundo.

Para mí, el Domund estará ya siempre unido a la memoria de ese cura enjuto y alegre, tenaz como la gota malaya, que se llamó Anastasio Gil. Y tengo para mí que, en este primer año que nos falta y en que ha cogido los trastos de matar José María Calderón, se está sonriendo pícaramente en el cielo, porque en esta ocasión no solo me ha sacado un artículo o una entrevista en la radio, sino que me tiene aquí, de pregonera del Domund. No sé cómo te las arreglas, Anastasio, que ni difunto paras.


Misioneros y periodistas

Pocos gremios tan familiarizados con los misioneros como el de los periodistas; en particular, los reporteros que hemos hecho información internacional. Para nosotros es habitual toparnos con ellos en los cuatro puntos cardinales y muy especialmente donde hay noticias. Podría trazar un mapamundi poniendo sobre cada país del globo el rostro de un misionero. En la guerra civil de Albania conocí a la franciscana Caterina; en Argel, a las agustinas misioneras; en Calcuta, a las misioneras de la Caridad… Da igual la gravedad del suceso o las extremas condiciones de vida: donde ya no queda un organismo internacional, cuando han huido hasta las ONGs, siempre hay un misionero. Son un anclaje con el terreno y una fuente de noticias indispensable.

Cuando comencé a trabajar en la prensa, con 22 años, los misioneros españoles eran 25.000; hoy ya solo quedan 12.000. Habría que reflexionar sobre ello. Fue en los años 90 cuando más me topé con ellos sobre el terreno y suscitaron mi curiosidad. Buen ejemplo fue mi amistad con el burgalés Ignacio García Alonso. Yo planeaba realizar un reportaje sobre los tuaregs y, con muchas dificultades en la línea, llamé al centro de formación profesional que los hermanos de La Salle tienen en Niamey, la capital de Níger. “—Brrr, bip, brmmm, bip, bip, bip. —Oiga, ¿está Ignacio García? —Soy yo, ¿en qué puedo ayudarte? —Hola, mire, es que me gustaría ir a Níger para hacer un reportaje y necesito hablar con alguien que lleve un tiempo por allí. —Yo llevo un tiempo. —¿Cuánto, conoce la zona? —Unos treinta años (un cooperante considera que dos, cinco años en un sitio son bastantes; esta gente cuenta las estancias por décadas). —Yo quería ir al norte, hacia territorio tuareg. ¿Es peligroso? —¡Oh, no, no, ya no! Se sube acompañando a los convoyes militares y la vida ya no peligra como antes. —Pero ¿hay ataques? —Bueno, pero como mucho te quitan el jeep (insisto, son gente especial). —Hermano, ¿qué me dice del clima? —Ahora es muy bueno. —¿Qué temperatura tienen? —Ahora solo 45 o 46 grados (empecé a sudar)”.

Nunca llegué a realizar aquel viaje, pero, asombrada por el optimismo imbatible de aquel hombre, comí con él cuando visitó España. Setas, creo recordar. Los momentos importantes de la vida dejan extrañas improntas en la memoria: una luz determinada, una inflexión de voz, un ingrediente de la comida. Ignacio era un hombre de metro setenta, de 55 años, muy delgado, sencillo, divertido. Era el menor de nueve hermanos y de niño había sido monaguillo en su pueblo, Pedrosa del Río Urgel. Cuando tenía 13 años, un religioso de La Salle habló en su escuela y pidió vocaciones. Él levantó la mano. “No sé por qué lo hice —me confesó—, es un misterio. Luego, con el tiempo, fui desbrozando la llamada —desbrozando, qué bonita palabra— y eligiéndola día a día, porque esto es día a día, ¿sabe? Como el matrimonio”. Tenía una forma natural y campesina de exponer las cosas.

Ocho años más tarde, metida ya en las lides de la radio en COPE, un titular me golpeó el alma: “Asesinado a machetazos un misionero burgalés en Burkina Faso”. No quería creerlo y, además —me agarré a un clavo ardiendo—, no era el mismo país. Comprobé los datos; el nombre coincidía, Ignacio García Alonso. La letra pequeña explicaba que se había trasladado de Níger a Burkina Faso, que estaba dirigiendo una escuela de formación laboral y un plan de formación agrícola para jóvenes. Era él. Ignacio había tenido que expulsar a un chico que había robado varias veces en la escuela. Se sospechaba que alguien del entorno del menor se había vengado. También se precisaba que el cuerpo estaba desfigurado, y el cráneo, destruido. Me vinieron a la memoria las palabras que me había dicho: “Yo estoy donde Cristo me pide que esté. Con sus fuerzas, claro, porque, si no, me resultaría imposible”. Le había preguntado por qué no regresaba a casa: “Sigo una llamada —me contestó—, no una idea ni un código moral. Cristo es una persona viva y mantengo una relación con Él. Es mi respuesta personal a una llamada personal. Y no la cambiaría por nada”. Enterraron a mi amigo Ignacio en un cementerio de los hermanos de las Escuelas Cristianas en África. Cada vez que escribo del Domund, se me agolpan los recuerdos y las preguntas.

Cambian el mundo


Aunque casi todos nosotros llevamos una existencia burguesa, no resulta imposible imaginar que un joven apasionado se sume a un partido, con ánimo de mejorar las cosas, o se enrole en determinada causa, sobre todo si además estimula su narcisismo, sus ganas de viajar e incluso su bolsillo. Casi todos conocemos a gente así. Sin embargo, es totalmente distinto que alguien entregue la vida entera gratis, en completo anonimato, por amor. Tengo una amiga mallorquina, una joven misionera de 42 años que ahora está en el Congo. Se llama Victoria Braquehais y pertenece a la congregación Pureza de María. Es interesante comprobar que se expresa como Ignacio García Alonso. Ella también se refiere a la “llamada de Jesús”. “Mi casa —me escribe— no es mi país, mi casa es el mundo. Todo ser humano es mi hermano”. A Victoria esta vida parece garantizarle una gran frescura, una capacidad renovada de escucha. “La clave —dice— es vivir como una novia desposada con el asombro”.

A menudo me manda pequeñas biografías o fotos: niños que se debaten entre la vida y la muerte tras un parto prematuro, críos que vuelven de las minas de oro. “Ayer vino —escribe en su última nota— un niño nuevo, se llama Espoir. Su padre es policía (aquí les pagan muy mal, nada, o salarios bajísimos que no dan para nada). Huyeron de la guerra en la provincia de Kasai. Los rebeldes quemaron su escuela, atacaron sus casas. Huyeron con lo puesto. Estuve mucho rato con Espoir y su padre. Luego les enseñé el cole. Les encantó. La cara de Espoir iba cambiando… Al principio no miraba, tenía la cabeza baja… Se fue sonriendo y feliz. ¡Espoir está deseando empezar! Me dijo: «¡Yo puedo venir ya, tengo mi nuevo uniforme!». Tiene una mirada muy limpia. Y una presencia muy serena. Transmite paz. Está deseando aprender. Espoir («Esperanza»)…, ¡qué nombre tan bonito!”. Miren, yo no sé por qué está Victoria en el Congo, pero sí sé que a mí me gustaría que la maestra tuviese una mirada así sobre mi persona. ¡Me impulsaría como un cohete!

Trabajando día a día en la sombra, en su nuevo hogar que es el mundo, estos misioneros cambian lo que les rodea. Hasta extremos difícilmente calculables. Recuerdo haber visitado Nicaragua con motivo del terremoto de Honduras, por el desastre del volcán Casitas. El lodo desplazado por el volcán había cubierto granjas, cortijos, apriscos y arrollado todo a su paso, con enorme mortandad. Me alojaba en Managua, porque en la zona afectada no había quedado una casa en pie. Cada equipo de prensa había contratado un chófer experto, capaz de conducir por caminos imposibles, que nos recogía en el hotel cada mañana y nos desplazaba cientos de kilómetros. La puntualidad no es una de las virtudes de los nicaragüenses y aquellos hombres parecían rivalizar en llegar cada cual más tarde. Como el trayecto era largo, se perdían muchas horas de trabajo. Americanos y británicos se desesperaban.

El único que llegaba a su hora, en punto como un reloj, era el hombre que me ayudaba a mí. Me contó que era huérfano de padre y madre y que había sido recogido en una parroquia por un misionero agustino español. “Nos enseñó a ser hombres y amar nuestro trabajo —me dijo—, y nos explicó que un trabajo bien hecho empieza por la puntualidad. Él hizo de mí lo que soy, me sacó de la calle y nunca lo olvidaré”. Para una periodista española, tan alejada de casa, con tanto dolor y muerte alrededor, la memoria de aquel religioso español que pervivía en Nicaragua resultaba conmovedora. Los judíos dicen que “quien salva una vida salva el mundo entero”. Creo que tienen razón.

El misionero afirma la dignidad de la persona, toda persona, independientemente de su color, su nacionalidad o su fe. Me acuerdo en este punto de Teresa de Calcuta, que instaba a los hindúes a ser mejores hindúes, a los musulmanes a seguir mejor al Profeta, a los budistas a ser perfectos budistas. También decía: “Podéis llamarlo como queráis. Yo lo llamo Jesús”. Ella percibía con claridad la nostalgia que alberga el corazón de cada uno de nosotros. Por la Madre Teresa rezaron en su funeral —que tuve el honor de cubrir— hindúes, musulmanes, sijs o zoroastrianos, y no porque ella relativizase su catolicismo, sino porque respetaba y alentaba a las personas desde el núcleo mismo de su identidad, desde el respeto a sus respectivas creencias.


¿Es posible vivir así?

Tal vez mi amigo Ignacio García Alonso no muriese asesinado. A lo mejor…, tal vez es que le pidieron la vida por África, y la dio, libremente. Me he topado con esta experiencia en Argelia, por ejemplo, donde el fundamentalismo islámico asesinó, entre 1994 y 1996, a 19 religiosos y religiosas que —atención— decidieron conscientemente quedarse allí cuando arreciaron los ataques del GIA (Grupo Islámico Armado). No querían dejar solos a los argelinos.

Como todas las religiosas de la congregación de las hermanas agustinas misioneras, Caridad Álvarez y Esther Paniagua hicieron un discernimiento comunitario. Así lo cuenta María Jesús Rodríguez, entonces provincial: “Fui testigo de una experiencia de fe única, en la que cada hermana se fue expresando. No eran ilusas, ni ajenas a la situación de violencia que se vivía. Pero cada una de ellas fue diciendo que se quedaba en Argel”. La tarde del 23 de octubre de 1994, Cari y Esther cayeron acribilladas en la calle por sendos disparos de un joven islamista. Formaron parte de un grupo de personas que van a ser beatificadas por la masacre de Argelia, entre ellas el obispo de Orán, Pierre Claverie, y los monjes trapenses franceses de Tibhirine, secuestrados en su monasterio de Santa María del Atlas, sobre los que después se rodaría la película De dioses y hombres.

Ellos también habían decidido libre e individualmente quedarse. Habían desarrollado una profunda amistad con los habitantes del pueblo y un foro de diálogo islámico-cristiano llamado Ribat es Salam (“Vínculo de Paz”), que desafiaba la simplificación que del islam hacía el fundamentalismo. Buscaba en el islam una parte del rostro de Cristo. Pocos textos más hermosos que el testamento espiritual que dejó el prior trapense, Christian de Chergé:

“Si me sucediera un día —y ese día podría ser hoy— ser víctima del terrorismo […], yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia, recuerden que mi vida estaba entregada a Dios y a este país. Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista: «¡Que diga ahora lo que piensa de esto!». Pero han de saber que por fin será colmada mi más punzante curiosidad. Entonces podré, si Dios así lo quiere, hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con Él a sus hijos del islam tal como Él los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de su Pasión, inundados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre establecer la comunión y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias. Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios, que parece haberla querido enteramente para este gozo, contra y a pesar de todo. En este gracias en el que está todo dicho, definitivamente, sobre mi vida, os incluyo, por supuesto, a los amigos de ayer y hoy, y a vosotros, los amigos de aquí, con mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los vuestros, ¡el ciento por uno, como fue prometido!

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías. Sí, para ti también quiero este gracias, y este «a-dios» en cuyo rostro te contemplo”.

A continuación viene el párrafo más asombroso, a mi juicio: “Y que nos sea concedido reencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío. Amén. Insha’allah («así sea, si Dios quiere»).
Tibhirine, 1 de enero de 1994”.

Este hombre no solo perdona, es que aspira a reencontrarse en la felicidad eterna con el hombre que le quitó la vida. ¿Hay mayor caridad?

Queridos amigos, celebremos el Domund y promovámoslo con esta conciencia. Los misioneros no son gente ingenua, pobres palurdos de épocas pasadas. Tampoco son filántropos, u hombres y mujeres que luchan simplemente por la justicia universal (cosa que también hacen). No, el suyo es un testimonio revolucionario de la verdad profunda que es la de todos. Son seres humanos que van hasta el fondo de sí mismos y regresan con una mirada enamorada que les hace reconocer, con una profundidad abismal, la dignidad de los otros. Entregan todo porque reciben todo. Existen para restablecer la estatura del ser humano. También la nuestra. El Domund cambia el mundo, yo lo he visto. Que nos cambie en 2018 a nosotros.

Gracias.

11 de octubre de 2018

Misionero en el Instituto Scarlatti de Aranjuez, dando su testimonio de Misión



Luis, Paco y Conchi del Grupo G.A.M. (Grupo de Animación Misionera) Voluntarios de Aranjuez.


El Misionero D. Gabriel Domingo Rodríguez Redondo, de IEME (Instituto Español de Misiones Extranjeras), ha visitado Aranjuez. 
Al Instituto Doménico Scarlatti, como ya lo hizo el año pasado y que tuvo la amabilidad de asistir a varios centros de la villa. 


Hoy ante 150 chavales en el salón de actos del Instituto, se han empapado de la actividad Misionera para intentar cambiar el Mundo, lema de este año del DOMUND.

"Agradecemos a Rocío, la Directora de estudios del Instituto y su equipo docente por abrirnos sus puertas y su corazón, por todas las facilidades que nos ha brindado" dicen nuestros voluntarios de Aranjuez.
                          Grupo G.A.M de Misiones de Aranjuez





El Domund en Ciudad Rodrigo "España siempre ha sido el principio de la Misión"

El Domund en Ciudad Rodrigo: “España siempre ha sido el principio de la misión”

“El Domund, al descubierto” llegó en la tarde de ayer a Ciudad Rodrigo, donde la Delegación Diocesana de Misiones había organizado, en el salón “Obispo Mazarrasa” del Obispado, una mesa redonda con misioneros para hablar de “La misión, tarea de todos”.

En la presentación, el vicario general de Ciudad Rodrigo, Tomás Muñoz Porras, pidió “que nuestro corazón se vaya sensibilizando de una manera especial para la evangelización”. El vicario y los misioneros coincidieron en resaltar “la importancia de los laicos en la Iglesia y en la misión”.

Compartieron mesa el padre Innocent Shava, misionero de Mariannhill nacido y ordenado en Bulawayo (Zimbabue), actualmente formándose en la Universidad Pontificia de Salamanca; el padre Mateo Alejandro Montalvo, de la Congregación de Misioneros del Verbo Divino, misionero en Colombia; y la comboniana, Teresa Herrero Sánchez, misionera en Ecuador.

“Inno”, como conocen familiarmente al padre Shava, afirmó que “España siempre ha sido el corazón y el principio de la misión” y añadió que se encuentra ahora en nuestro país para “aprender de la misión”. Inno ‒que se considera fruto de los misioneros‒ agradeció el cariño y apoyo de la gente y subrayó que “a veces no es cuestión de dinero sino de cercanía”. El sueño de Inno es volver a la misión en su país cuando acabe la formación en Salamanca.

El padre Mateo, que es un avezado misionero (lleva 41 años en la misión), comentó el cartel del Domund 2018 diciendo que “muchos cuadraditos forman un cubo”, y consideró que esos cuadraditos son las “mediaciones”, que en su vida han sido fundamentales para encontrar la vocación: los misioneros, la familia, los compañeros de la misión…; todos ellos han sido mediaciones que han contribuido a alimentar su vocación misionera. Este misionero del Verbo Divino compartió un aspecto concreto de su misión en El Chocó, una zona selvática de Colombia donde “se enamoró de los negros y los indígenas”. En esa misión, dijo, una de las tareas más importantes que ha cumplido es “acompañar a la gente en todo… y acompañarles hasta Dios”. El misionero zamorano concluyó recordando que la gente le decía que, cuando los misioneros se iban, era como si se fuera Dios.

El testimonio de la hermana Teresa Herrero estuvo lleno de la energía y la ilusión que define el carácter de esta salmantina de Martiago. La comboniana confesó que de pequeña era “un trasto” y pocos creían en su vocación religiosa y misionera, que ella, sin embargo, tuvo muy clara desde que tenía 15 años. “Yo quiero ser misionera, quiero ir a evangelizar”, era la convicción que le llevó incluso a escribir al Papa para que le dejara entrar en la congregación antes de la edad reglamentaria. La religiosa subrayó que para ella “no había sacrificio grande” para ser misionera. Por eso, y después de relatar algunos de los momentos de su misión, confesó que cuando la gente dice “qué vida más dura”, ella responde: “qué vida más bella”.

Cuando una de las personas asistentes preguntó a los misioneros qué es lo que nunca puede faltar en la mochila de un misionero, los tres coincidieron en mencionar la Biblia. El Padre “Inno” añadió que su madre le puso un rosario en la maleta, al que él añadió una cruz. La hermana Teresa puso “el amor” junto a la Biblia, y el padre Mateo dijo que era conveniente que “el equipaje de un misionero fuera ligero”.

Este acto de Ciudad Rodrigo se había iniciado con la participación del grupo “Antorcha Misionera”, formado por niñas del Colegio de las Misioneras de la Providencia, que entonaron la canción presentada en el Festival de la Canción Misionera. Mar Manzano Castro, de la Delegación de Misiones de Ciudad Rodrigo, les presentó aludiendo al cartel del Domund, señalando que “todas las piezas son fundamentales” y que “los niños son los buenos cimientos de los futuros misioneros”.

El delegado de Misiones de Ciudad Rodrigo, José Mª Rodríguez-Veleiro, agradeció la presencia de los numerosos asistentes, entre los que, junto a algunos misioneros, se encontraban, Laura Magdalena Miguel, colaboradora de la Delegación Diocesana de Misiones; la delegada de Misiones de Zamora, Montserrat Prada; y Dora Rivas Fernández y Rafael Santos Barba, de la Dirección Nacional de Obras Misionales Pontificas (OMP).

En el marco de los actos de “El Domund, al descubierto” ‒que impulsa la Dirección Nacional de OMP‒, esta tarde tendrá lugar el pregón del Domund, que pronunciará la periodista Cristina López Schlichting, en la catedral de Valladolid, a las 20 horas.

2 de octubre de 2018

Carta de D. Ginés, Obispo de Getafe para el DOMUND 2018





                   ¿A QUIÉN NO LE GUSTARÍA CAMBIAR EL MUNDO?
Con motivo del DOMUND 2018


  Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

    A todos nos gustaría cambiar el mundo, hacer un mundo mejor. Aun reconociendo la obra maravillosa que es la creación de Dios, a todos nos gusta soñar un mundo que se parezca más al proyecto de Dios, a esa realidad que el Padre bueno y providente puso en nuestras manos. Dicen, y es verdad, que el mundo está bien hecho, pero mal repartido.
 
  El lema para el DOMUND de este año es atrevido, diría que hasta provocativo: “Cambiar el mundo”. Aunque algunos piensen que esto es algo irrealizable, sin embargo, es lo que hace la Iglesia, lo que hacen nuestros misioneros cuando van hasta los confines de la tierra para anunciar el Evangelio. ¿Por qué atraviesa un misionero el mundo entero dejando su tierra y su casa? Sin duda, para cambiar el mundo, porque cree que ese cambio es posible. No es que confía en su sabiduría ni en su fuerza, confía en el poder de Dios que puede hacer todo nuevo. El Evangelio es la salvación de Dios que transforma el corazón del hombre y transforma la realidad en la que éste vive.

  A la hora de cambiar el mundo surgen otras muchas preguntas. ¿Qué hemos de cambiar? ¿cómo hemos de cambiarlo? ¿y quién debe hacerlo?, entre otras.

  Ciertamente no basta con cambiar la realidad exterior, lo que se ve. Para que cambie el mundo, antes hemos de cambiar los corazones, de lo contrario nuestras transformaciones al ser externas serán también vulnerables. Si cambiamos el corazón todo lo que nos rodea cambiará también, porque en definitiva la realidad la hacemos nosotros. Es verdad que hay ideologías y estructuras que sustentan el poder económico, político, social o cultural, creando un mundo que no nos gusta, y nos preguntamos: ante estas fuerzas, muchas veces ocultas, ¿qué podemos hacer? La respuesta más fácil sería decir: nada. Pero no es cierto, todos podemos cambiar nuestra realidad, aunque sea de modo humilde, imperceptible para el mundo. Todo lo cambia el amor. Y nosotros sí podemos amar. Los misioneros van a la misión y aman, y porque aman se entregan, y su entrega ya está transformando el mundo de la pobreza, y en él una parte de la tierra. Muchas veces por querer cambiar todo no cambiamos nada, aquí no vale el todo o la nada. Quizás puedes cambiar un poco, pues atrévete a cambiarlo.

  Nuestros misioneros cambian el mundo, y son una invitación para que todos tomemos conciencia que somos misioneros. En casa, en la parroquia, en el trabajo, en nuestro ambiente tenemos que ser misioneros. Nuestra vida tiene que convertirse en un anuncio permanente de la salvación de Dios. Hemos de decir a todos que Dios los ama, y que su amor nos hace nuevos, nos transforma.

  Este año el Papa Francisco con motivo del Sínodo de los Obispos que se está celebrando en Roma en estos días con el tema de la fe, los jóvenes y el discernimiento vocacional, invita a los jóvenes a renovar en el corazón la llamada misionera. Nos recuerda el Papa que la fe permanece joven cuando se abre a la misión. Ciertamente nuestras iglesias envejecen cuando ya no ven más allá de sí mismas, cuando han perdido el horizonte de una Iglesia que es católica y presente en todo el mundo. Nuestras parroquias para ser jóvenes han de ser misioneras, abiertas a la misión, casa abierta para salir y anunciar a todos el Nombre del Señor Jesús, hogar acogedor para que todos puedan venir a ver y vivir con nosotros la alegría de la salvación.

  Quiero recordar desde aquí con afecto y agradecimiento a nuestros misioneros, sacerdotes, consagrados, laicos, que han salido de esta iglesia de Getafe para anunciar a Jesucristo en otros lugares. Los sentimos muy cerca, y los rodeamos con el abrazo de nuestra oración y nuestro afecto. Sentimos que son esta Diócesis que se abre a la Iglesia universal y a sus necesidades. Ellos, nuestros misioneros, nos recuerdan cada día la necesidad de ser una Iglesia misionera, de ser discípulos misioneros, de ser comunidades abiertas a la misión.

  Pidamos también por las vocaciones misioneras en nuestra Diócesis. Que la voz del Señor que sigue llamando, encuentre la respuesta generosa de hombres y mujeres dispuestos a ser a la misión universal de la Iglesia.

  María, la Virgen, fue y sigue siendo misionera. Con Jesús en su seno salió deprisa para ayudar a su prima Isabel; ciertamente le llevó la ayuda material, pero sobre todo la presencia del Niño que se gestaba en ella, del Señor. María hoy sigue siendo la mujer que nos trae a Jesús y nos invita a vivir como Él, a hacer lo que Él nos dice, en el acompañamiento y el servicio a los demás.

     Queridos diocesanos, os invito a rezar por las misiones y los misioneros, y a prestar también nuestra ayuda a través de aportaciones económicas. Nuestra caridad no sólo les ayudará a ellos, sino que también nos ayudará a nosotros, al menos, irá sacándonos de una mentalidad egoísta y nos abrirá al mundo, a los hermanos.

   Con mi afecto y bendición.



                                   + Ginés, Obispo de Getafe.

1 de octubre de 2018

Santa Teresa de Lisieux, Patrona de las Misiones, nos invita a orar por las Misiones

Santa Teresa de Lisieux, Patrona de las Misiones, nos invita a orar por las misiones

Comienza el Octubre Misionero, el mes de las misiones, con la fiesta de Santa Teresa de Lisieux, que nos invita incesantemente a rezar por la Misión y los misioneros.

Santa Teresa de Lisieux, la Patrona de las Misiones descubrió, con apenas 15 años, que podía ser misionera haciéndose carmelita, orando por la salvación de los hombres. Nuestra mentalidad moderna se rebela: “¿Misionera encerrada en un convento? ¿Salvación eterna? Lo que los hombres necesitan es ser salvados aquí: comer, ser curados…”. Los misioneros conocen las necesidades de los pobres, sobre todo, porque las comparten con ellos. Cambian la vida de muchos hombres y mujeres con obras pero también con el anuncio del Evangelio. Durante octubre la Iglesia celebra el mes de las Misiones y nos invita de una manera en particular a ayudar a la misión evangelizadora de la Iglesia con la oración como hizo Santa Teresa de Lisieux.


Santa Teresa de Lisieux nació y creció en un contexto histórico que facilitaba su entusiasmo por las misiones. Pero también hoy miles de personas siguen entusiasmadas por la misión. Y no solo son misioneros y misioneras que predican el Evangelio en las selvas o las montañas, que curan enfermos o enseñan a los niños… Sigue habiendo misioneros que salen nuestras fronteras y atraviesan miles de kilómetros para encerrarse en monasterios de territorios de misión, son los nuestros misioneros “contemplativos”: carmelitas que rezan en India, Filipinas, Guinea Ecuatorial o en países de Sudamérica; pero también cistercienses, cartujos, trapenses… que, en distintos monasterios sembrados por Asia, América o África, son también fruto de la misión universal de la Iglesia.


Y como Santa Teresa de Lisiuex, hay muchos misioneros orantes y sufrientes, los “enfermos misioneros”, que tienen también en santa Teresita no solo a su Patrona, sino un ejemplo donde mirarse: “Estoy convencida de la inutilidad de los remedios que tomo para curarme. Pero me las he arreglado con Dios para que se aprovechen de ellos los pobres misioneros, que ni tienen tiempo ni medios para curarse. Pido a Dios que los cuidados que a mí me prodiguen les curen a ellos”.


Santa Teresa de Lisieux, mostró la importancia de la oración como una de las formas más poderosas de cooperar con las misiones. El Papa Francisco en un vídeo mensaje a las OMP decía “la oración es la primera ‘obra misional’ – ¡la primera! – que todo cristiano puede y debe hacer, y es también la más eficaz, aunque esto no se pueda medir”.


Al comenzar el mes de las Misiones Santa Teresa de Lisieux, sigue invitando a rezar por la Misión Universal de la Iglesia. La oración de muchos “cambiará el mundo” como pide el Domund 2018.