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6 de mayo de 2019

Antonio Arnaldo Tchambule, Seminarista en Mozambique. 12 de Mayo Jornada de Vocaciones Nativas




"Me llamo Antonio Arnaldo Tchambule. Nací en Maputo (Mozambique) e tengo 32 años. Hace poco que comencé segundo de Teología en el Seminario Mayor Interdiocesano San Pío X en Maputo. Me entusiasmé por el Sacerdocio ya antes de mi bautismo, a los 14 años (en 2011), estando todavía realizando la catequesis. Ya desde ese tiempo me gustaba participar en la Misa y en la catequesis, que eran momentos de gran alegría para mí, sobre todo porque admiraba a un Sacerdote Brasileño que se llamaba Joao, Franciscano Capuchino, y a un seminarista, por su simplicidad, su alegría y celo por los fieles. Los sábados hacían de nuestra catequesis una fiesta y un encuentro de amigos. El momento más significativo para decidir por el Sacerdocio fue en el domingo de Pascua, cuando por la noche, contemplaba el cielo estrellado y meditaba sobre mi vida después del bautismo y me preguntaba sobre mi futuro como bautizado. En aquel recogimiento, como tomado por un gran entusiasmo, decidí abrirme a vivir esa pasión por el sacerdocio que me había nacido antes del bautismo, aunque eso me costase grandes renuncias, tener una familia propia y bienes materiales, como ya bien sabía. Con todo, con catorce años, todavía no me sentía seguro de poder desafiar todas las expectativas que había sobre mí, especialmente por parte de mi familia. Porque mi familia, pobre y viviendo en unas condiciones muy precarias, esperaba que yo, como otros muchos hijos del barrio, estudiase, tuviera alguna carrera y un día fuese la ayuda para superar la situación de pobreza en que se encontraba. Esas expectativas competían con mi pasión por el sacerdocio, porque una cosa implicaba la renuncia a la otra. Y así viví escondiendo mi deseo de ser sacerdote, debatiéndome conmigo mismo si iría tras la realización de mi sueño o si miraría por la causa de la familia. En ese debate, fue pasando el tiempo y realicé los estudios secundarios. Cuando acabé los estudios medios, de nuevo me vino el debate, porque estaba en un momento decisivo: si desafiando a la familia entraba en el seminario o si continuaba los estudios, entrando en la universidad para tener una carrera. Esta segunda opción se me presentó con fuerza, pues iba cediendo en el sentimiento por la situación familiar y asumiendo como mía la responsabilidad de aliviar su carencia. En ese momento, desgraciadamente, dejé la pasión por el sacerdocio y dí lugar a la posibilidad de empezar una carrera científica. Fui admitido en la carrera de Química, y bajo la orientación de mi hermano Arnaldo, conseguí la exención total de la matrícula gracias al programa de ayudas del Estado a los estudiantes con menos recursos. Estando en la carrera de Química, con intervalos frecuentes, sentía el peso de conciencia por viajar en un tren equivocado para mi destino. Aún así, mi aplicación en los estudios me hizo ser uno de los dos mejores estudiantes en la especialidad de química orgánica y de productos naturales. Cuando terminé la carrera, más que nunca me tuve que decidir: si buscaba un empleo o si por el contrario dejaba la carrera comenzada para ir detrás del primer sueño que había abandonado. Y fue así que por el miedo de vivir con sentimiento de culpa para toda mi vida, decidí pedir ayuda a mi párroco para entrar en el Seminario. Cuando fui admitido en el Seminario Propedéutico Cristo Rey en Matola (Maputo), fue extremadamente difícil despedirme de mi familia. Ya sabía que no lo aceptaría, y efectivamente, lloró implorándome que renunciase a esa idea. Mas en mi firme decisión, ella tuvo que aprender a conformarse, aunque haya sido difícil hasta hoy. 

En la apertura del curso en el seminario propedéutico tuve una experiencia consoladora: al ver allí a tantos jóvenes que también querían ser sacerdotes, me dí cuenta de que no era el único loco y eso me animó a seguir adelante. Al verles tan alegres y animados, decidí crear con ellos un ambiente de hermandad y amistad, porque estábamos todos en el mismo camino de Cristo. El primer año fue muy importante, pues sentí que había escogido lo mejor para mí, aprendí a gustar de la Eucaristía diaria y de importantes devociones como el rosario y el Rosario de la Divina Misericordia. Además, en los ratos libres, me deleitaba con la lectura hagiográfica. Acabado el seminario propedéutico, comencé el estudio de la filosofía, que representó una fase importante en mi formación. El legado que ainda conservo de la filosofía es la unión fe y razón y el interés por el personalismo y los derechos humanos. Estos fueron el tema del trabajo de fin de año y estudiarlos significó para mi tomar conciencia sobre la gran miseria en que se encuentra sumergida la mayor parte de nuestra población mozambiqueña, que, desgraciadamente, no es sujeto de los derechos humanos sino el objeto de discurso sobre los derechos humanos. Es por eso, que desde la filosofía, estoy asumiendo como necesidad pastoral, la defensa de los derechos humanos. Esto es un desafío para nuestro Estado, en el cual, los derechos civiles, económicos y sociales son un serio problema. Con todo, nuestras comunidades van viviendo su fe con estos desafíos. Mi admisión en la Teología fue una gran satisfacción; fue el inicio de la realización que más esperaba. Todo lo que había hecho hasta ese momento era en vista a esta fase teológica, pues es los que más deseaba: sentarme en el pupitre y escuchar las clases de teología. Este entusiasmo me sirvió mucho para aprender con gusto las clases del primer año, cosa que el director de mi curso supo apreciar. El Seminario de Teología es único en todo el país por lo que hay seminaristas de todas las diócesis de Mozambique. La cantidad de seminaristas supone un gran desafío por la falta de recursos. El propio seminario depende de la contribución de los seminaristas. Cada año pagamos una tasa, que no es fácil conseguir, además de las necesidades personales de supervivencia. Esa es la razón por la cual, en la época de vacaciones, después de las actividades pastorales propias del verano, haga algún trabajo para cubrir esas necesidades o pida ayuda a alguien de buena voluntad. Para terminar, creo que ser seminarista en Mozambique, para mí, es realizar una bella aventura de seguimiento de Cristo para en el futuro participar de su Sacerdocio en favor de su Iglesia. Vale la pena abrazar esta aventura de donarse al servicio de la Iglesia y de modo particular del pueblo mozambiqueño que tanto necesita de sacerdotes. Es preocupante saber que muchas de nuestras comunidades, particularmente las más distantes de la ciudad, raramente pueden celebrar la Eucaristía por la escasez de sacerdotes, siendo con todo, un pueblo devoto y sediento de la Palabra de Dios. Así espero, con la gracia del Señor, ser útil para la Iglesia local".

La foto de la derecha nos muestra la catequesis que Antonio les está impartiendo, a los niños de los poblados mozambiqueños.

La Jornada de Vocaciones Nativas y Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones se celebra el Domingo 12 de Mayo.

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