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20 de mayo de 2014

Rugambwa a la #AsambleaOMP

“El Evangelio no admite cálculos. Lo único que nos empuja en el camino de la misión es el amor”

Arzobispo Mons. Protase Rugambwa 

Ayer comenzaban las Jornadas Nacionales de Delegados de Misiones y Asamblea Nacional de Directores Diocesanos de Obras Misionales Pontificias con la intervención del arzobispo tanzano Mons. Protase Rugambwa. Su conferencia “No hay misión sin misioneros. Actualidad de los territorios de misión” mostraba el conocimiento del mundo misionero por parte de quien es segundo de la Congregación vaticana para la Evangelización de los Pueblos, como secretario de la misma, y responsable de la cooperación universal con las misiones, como presidente internacional que es de la Obras Misionales Pontificias.



Su conferencia se articuló en tres apartados que muestran la realidad actual de la misión: la problemática de la misión, las motivaciones tras la misma, y el misionero como realidad de la misión.
Al hablar de la problemática de la misión, Mons. Rugambwa comenzó constatando los hechos: “Una aguda caída de vocaciones misioneras ad vitam de presbíteros. La disminución de los Fidei Donum en las iglesias antiguas. La casi desaparición de vocaciones ad vitam de laicos consagrados. La multiplicación de experiencias de pocos meses en misión, con el rito litúrgico del envío, que pretenden ‘ir en misión’”. El responsable internacional de las OMP aventuraba unas causas que agrupaba en causas eclesiales, como “una concepción práctica reductiva de la misión: se ha convertido más en colaboración, en ayuda de proyectos de desarrollo y menos en preocupación por el anuncio y el intercambio de personal. Menos mensajeros del Evangelio y más envío de recursos económicos”. Causas antropológicas, como “una persistente crisis de identidad de la persona humana… de ahí la falta de capacidad para decisiones fuertes e irrevocables y la postura escéptica frente a las complejas realidades económicas, culturales y religiosas de los demás hombres”. Y causas vocacionales de los propios presbíteros y consagrados: “Los horizontes pensados para el compromiso ministerial propio asumen una dimensión doméstica: no son ya las fronteras de la humanidad y del mundo, sino una comunidad cristiana del propio país y de la propia iglesia, en la que no es difícil insertarse, porque no exige un esfuerzo de inserción, que cuesta lágrimas y sangre en otras culturas y religiones”.

La segunda parte de la conferencia comenzaba con una pregunta: “¿Es necesario hoy evangelizar?”. Una pregunta que no admite respuesta si no es desde el amor: “Se vuelve difícil, en nuestro ambiente socio-cultural, aceptar a ojos cerrados, por pura fe e idealismo, una causa por la que gastar nuestra vida. Sin embargo, el Evangelio no admite cálculos. Lo único que nos empuja en el camino de la misión es el amor, que no hace cálculos de ningún género”. Por eso, apuntaba Mons. Rugambwa, “es la fe, la confianza absoluta en la gracia y en la benignidad de Dios, la que hace que se extienda el celo apostólico, y que empuje a una persona a transmitirla. Es de Cristo crucificado de quien se asume la inspiración y la fuerza de hacer el sacrificio completo de nosotros mismos por el Reino de Dios”.

La tercera parte – Sin enviados no hay misión – también planteaba la pregunta fundamental, que el Presidente de las Obras Misionales Pontificias identificaba con la pregunta de la vocación del profeta Isaías: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?” (Is 6, 8). “La pregunta, crucial, resuena todavía hoy frente a este complejo e inmenso Areópago que es el mundo. Isaías pudo responder con confianza y valentía. ‘Aquí estoy, mándame’. ¿Estamos todavía hoy dispuestos a responder con valentía y firmeza a la petición de Dios? Una respuesta, como la dada por Isaías, supone una decisión radical a contracorriente, preliminar y necesaria: es la decisión definitiva e irrevocable por el Reino de Dios. El Reino, que está en medio de nosotros en Cristo, es el Absoluto, la única prioridad, frente al cual todo lo demás es marginal y provisional, y por el que mi ser, mis cualidades, mis bienes, en breve, mi vida, adquiere valor”.

De ahí que la animación misionera, concluía, tenga como objetivo prioritario el suscitar vocaciones misioneras específicas entre el pueblo de Dios, porque “un dato es cierto: sin los que van, sin los misioneros y misioneras, no hay misión. Sin la misión, entendida en el sentido más estricto del término, se empaña y debilita la misma identidad de la Iglesia, y la misma creatividad e identidad del presbítero y de las personas consagradas”.

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