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7 de diciembre de 2015

¡Abrid las puertas a la Misericordia!

En el Año de la Misericordia, dejémonos envolver por la Misericordia de Dios




Se abre la Puerta Santa para dar entrada al Año Santo de la Misericordia. Su apertura es una invitación a abrir el corazón para dejar entrar el perdón amoroso de Dios. Por parte de Él no habrá ningún problema, porque “nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón” para compartir su vida con nosotros. Es el momento de pasar el umbral de la Puerta Santa para ponerse en camino hacia el corazón del Padre. Así se inicia la peregrinación del misioneroal salir de su tierra e ir al encuentro de Dios en el otro y, junto con él, caminar en comunión eclesial hacia el Señor.

El papa Francisco recuerda que este Año Santo de la Misericordia es una inmejorable ocasión para dejarse sorprender por Dios, que, desde siempre, dispensa su amor misericordioso hacia nosotros (cf. MV 25); y, a la vez, un año de gracia para hacer resonar en el mundo, siempre convulso por incertidumbres y zozobras, la respuesta de fe que se verifica en el testimonio de tantos misioneros que llevan una palabra y un gesto de consolación a los pobres, anuncian la liberación a cuantos están prisioneros de las nuevas esclavitudes de la sociedad moderna, restituyen la vista a quien no puede ver más porque se ha replegado sobre sí mismo, y devuelven la dignidad a cuantos han sido privados de ella (cf. MV 16).

La actividad misionera de la Iglesia contempla en la misericordia divina –que, como “corazón palpitante del Evangelio”, alcanza la mente y el corazón de toda persona– el ámbito natural del saludable anuncio de la Buena Noticia. “Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre” (MV 12). A la vez, este don de la misericordia, camino hecho compromiso y sacrificio, se convierte también en meta por alcanzar.
Este recorrido, transformado en verdadera peregrinación, se hace respuesta al mandato misionero de Jesús. Coopera con la obra de la salvación realizada por Cristo al “hablar de Dios a los hombres de su tiempo en un modo más comprensible” (MV 4), de un modo nuevo, como lo constataba hace 50 años el Concilio Vaticano II y lo recuerda el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus: “La Iglesia sentía la responsabilidad de ser en el mundo signo vivo del amor del Padre” (MV 4). Servir al hombre en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades, saliendo al encuentro de cada persona para llevar la bondad y la ternura de Dios, porque en Él todo habla de misericordia. Dios es amor.

Ahí se descubre la identidad del misionero, que acompaña, con misericordia y paciencia, el crecimiento integral de las personas, compartiendo con ellas, día a día, el recorrido de su existencia. Solícito a su vocación misionera, escucha el clamor de la justicia y responde con todas sus fuerzas para promover el desarrollo integral de los pobres; y al contemplar a la humanidad viviendo como ovejas sin pastor, anuncia la misericordia de Dios, que “es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (MV 10). Nada de su trabajo y entrega deja de estar revestido de esta ternura con la que se hace peregrino junto a las personas que la Iglesia le ha encomendado.


Anastasio Gil 
Director Nacional OMP España

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